¿Por qué un modelo basado en Inteligencia Ejecutiva?

Lo que empezó como una curiosidad personal, acabó por llevarme a aplicar las habilidades más relacionadas con pasar a la acción y seguir metas.

Mi hermano Andrés, y mi gran descubrimiento

Algunas personas me preguntan el porqué de dedicarme a la inteligencia ejecutiva, sus funciones y, sobre todo, de donde nació mi curiosidad. Yo crecí y viví con mi hermano pequeño, Andrés. Desde siempre él tenía dificultades ejecutivas, o déficits que no le permitían llevar su vida adelante como quería. Todo esto le causaba sufrimiento, estrés y le quitaba libertad. Fue ahí cuando empecé a interesarme por la parte del cerebro que se encarga de ayudarnos a pasar a la acción, a planificar y a ser más libres.

Siempre que tenía un poco de tiempo libre, asistía a jornadas, leía libros o estudios, o veía documentales relacionados con los lóbulos prefrontales, la parte ejecutiva del cerebro y las funciones ejecutivas. Poco a poco y desde esa indagación, y el amor de ayudar a mi hermano, fue naciendo mi pasión por «el paso a la acción».

Las personas y su gap ejecutivo

Conforme fui aprendiendo sobre el constructo de inteligencia ejecutiva, crecí en observación e indagación sobre su impacto en nuestras vidas personales y profesionales.  Había comprado unas nuevas gafas perceptivas con las que ver el mundo. Más allá de las personas que tenían una dificultad ejecutiva fruto de su diversidad funcional, o de un accidente fatal, empecé a fijarme de una forma más superficial y menos clínica en los procesos que hacían que las personas consiguieran lo que se proponen y, en negativo, que hacían las personas cuyos planes no paraban de sabotearse. Veía entonces muchas personas, muchos profesionales y muchos líderes sufrir por tomar malas decisiones, por ser impulsivos, por no dominar sus vidas, o no poder aplicar lo que querían aplicar.

Era como si supieran lo que hacer, pero no consiguieran llegar a ello. Era como si algo se interpusiera entre «su pensamiento de las cosas», y su capacidad de convertirlo en realidad. Veía mucha incoherencia, mucho gap, y mucha distancia entre lo que debe ser, y lo que es. Me llamaba la atención que, aunque esas personas fueran libres con su tiempo y su energía, no pudieran llegar a lo que se propusieran. Personas que ejecutaban acciones, pasaban la vida haciendo cosas, pero no se sentían dueñas de su proyecto de vida. Esto nos pasa a muchas personas en el mundo actual, y es causa estrés e infelicidad. Fue aquí desde donde nació el propósito profundo de conectar la inteligencia ejecutiva con el día a día profesional.

¿Y si lo aplicamos al liderazgo y las organizaciones?

Si el objetivo de la inteligencia es conocer, y desenvolverse en la realidad de forma positiva dirigiendo bien la acción, el objetivo de la inteligencia colectiva de una organización debería ser el mismo. El día a día organizativo utiliza una «inteligencia» que hay que gestionar si la organización quiere enfocarse, conseguir lo que se propone y evitar todo lo que la distrae de los proyectos importantes y le aparta de sus verdaderos objetivos. Es esa la función también de la persona que la lideran, llevar a la organización conseguir sus metas internas.

El liderazgo es dirigir, es apuntar y mover en una dirección, es empujar, es llevar, es seducir o arrastrar, es resonar, empoderar, enseñar e influir en los demás. Pero todo esto no se hace en otro lugar que en la mente de los demás. Yo no lidero cabezas, ni piernas, ni brazos, sino que trabajo con el todo de ellos y, sobre todo, su sistema pensante y sintiente, es decir, su cuerpo (incluida la mente). Les hablo, e influyo de manera intelectual, de mente a mente. Telemática, pero libremente. Entonces liderar al final es de una forma gestionar y desarrollar la inteligencia de muchos, y la propia al mismo tiempo para conseguir lo que la organización se proponga. Porque la inteligencia es la que nos lleva a triunfar o a fracasar como líderes, a gestionar de forma más o menos enfocada, planificada y consciente. Y es la que nos ayuda a hacer más ejecutivos a los demás y, por lo tanto, al colectivo que formamos juntos.

¿Qué es ser ejecutivo según nuestro modelo?

Definiéndolo en positivo, «ejecutivo» será aquello que trabaje por proyectos, sea reflexivo, atento, planificado, dirigido, flexible, disciplinado, consciente, pero también activo, motivado y emocional. Por otro lado, no llamaremos «ejecutivo» a aquello que sea impulsivo, irreflexivo, rígido, caótico y poco planificado, no atento, o desinhibido. Ser ejecutivo va a suponer un replique constante a lo que «debe ser» o lo que «se debe/suele hacer», que viene del inconsciente o la inercia siendo miembros de un sistema. Es un «no» rotundo al automatismo, y un «espera aquí» rotundo al impulso no querido. Es un «déjame que me lo piense», dicho al amor de input no escogido. Cuando éramos pequeños a todos nos encantaba decir a nuestros padres «yo quiero», «déjame a mí», «déjame intentarlo», «yo, yo solo». Volver a estas expresiones en un contexto más maduro, y en un contexto de liderazgo y organizativo es lo que nos vamos a proponer. Así nuestro proyecto, es uno de inteligencia, pero también uno de libertad.

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